Siendo yo una adolescente comencé a realizar esta práctica una vez al mes, y me di cuenta de que podía frotar los callos de las manos o los pies mientras los tenía a remojo en esta mezcla, con ayuda de una piedra pómez.
Y gracias a las maravillosas tijeras para cortar pielecillas, como las llaman en España, aprendí a cortar cutículas y pequeños callos al sacar las manos del balde con agua templada, un puñado de sal y un chorro de vinagre. Siempre con mucho cuidado de no cortarme, usando un flexo en una habitación de la casa donde estuviera tranquila.

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